Las historias importan: nos enseñan, si se lo permitimos
Luisa y Urzeira
En abril de 2019, en uno de los últimos y más bellos tramos continuos de la Caatinga, tuvo lugar un acontecimiento que merece ser relatado, probablemente el único del que se tiene constancia en el mundo.
La Caatinga es un bioma exclusivamente brasileño que ocupa aproximadamente el 11 % del territorio nacional, alberga a casi 28 millones de personas y cuenta con una abundante y rica biodiversidad, que durante décadas ha sido estigmatizada por ser desconocida e incomprendida.
En abril de 2019, un jaguar (Panthera onca) quedó acorralado y atrapado en una cueva—que por entonces no figuraba en ningún mapa— en el interior remoto del municipio de Sento Sé, en Bahía, como represalia por haber cazado una oveja de un ganadero residente en la zona. El estatus de especie en peligro crítico de extinción en este bioma lleva movilizando a los profesionales de la conservación de la zona desde hace al menos 20 años. Aquel suceso provocó la rápida creación de un equipo de rescate, formado por biólogos, espeleólogos, bomberos, veterinarios y auxiliares de campo. Tras 22 días de estrategias, incertidumbres, avances y retrocesos, la jaguar, debilitada por el hambre, la sed y el encierro, fue rescatada y recibió el nombre de «Luisa».
La historia de lo que acabó siendo el primer rescate de Luisa ¬—sí, el mismo animal fue acorralado por segunda vez, en la misma región, por el mismo autor—, dio lugar a un cortometraje documental1 y tuvo repercusión en los medios de comunicación nacionales2. Es el único caso conocido en el mundo de grandes felinos que comparten territorio con los humanos en el que el animal haya sido rescatado, ¡dos veces! y seguido hasta el final de su vida.

En otra época y en otro continente, otro animal salvaje vivió su historia de supervivencia, huida, dolor, conflicto y muerte, compartiendo igualmente el territorio con las personas y movilizando igualmente los esfuerzos de los profesionales de la conservación, en el más absoluto desconocimiento para la casi totalidad de la población portuguesa. «Urzeira», una loba que recibió ese nombre por haber nacido entre los brezos de la Serra do Soajo, parte del único parque nacional situado en el norte de Portugal (PN Peneda-Gerês), estuvo a punto de morir cuando era una cachorra, de no ser por su valiente madre, que la rescató de un incendio que devastó su guarida.
A Urzeira se le colocó un collar con localizador cuando tenía dos años, y durante la captura para colocarle dicho collar se observó que tenía una pata delantera rota, con una fractura expuesta. Esto supone un grave inconveniente para un carnívoro depredador en libertad. Entre la cirugía con implante de una prótesis de aluminio, la recuperación en un recinto cerrado y su reintroducción en la naturaleza, transcurrieron 65 días. Nunca se había llevado a cabo nada similar en Portugal con esta especie. Urzeira fue devuelta en abril de 2012 al mismo lugar de la Serra do Soajo donde había sido capturada, y hasta octubre intentó reintegrarse en la manada, en la que habría individuos conocidos. No lo consiguió. Se dispersó hacia el norte. Se arriesgó mucho, debido a la proximidad con las personas, sus propiedades, los animales domésticos y la fuerte presencia de carreteras. A raíz de algunos ataques a cabras, las quejas se intensificaron y Urzeira fue abatida a tiros en marzo de 2013, agazapada en una colina, esperando el momento en que los animales llegaran a beber agua.
Denominador común de las amenazas a la fauna silvestre
Las cinco principales amenazas para la conservación de la fauna silvestre son la pérdida de hábitat, las especies invasoras, la explotación excesiva de los recursos naturales, la contaminación y el crecimiento demográfico. Aunque parezcan independientes, todas ellas son consecuencia de comportamientos humanos. Actúan tanto de forma aislada como conjunta y, a pesar de los esfuerzos de los conservacionistas(1), las amenazas persisten. Nuestra especie y nuestros comportamientos resumen las amenazas a las especies y sus hábitats.
Los episodios reales descritos anteriormente son, sin lugar a duda, representativos de los conflictos entre el ser humano y la fauna. Los conflictos entre el ser humano y la fauna pueden derivarse de (i) amenazas directas o indirectas de los animales silvestres a la vida y la integridad física de las personas o las comunidades, a sus modos de vida —actividades económicas, bienes, propiedades— o a su bienestar; (ii) amenazas a la fauna silvestre como resultado de acciones, comportamientos y actividades humanas —caza, deforestación, fragmentación de hábitats, instalación de proyectos mineros, energéticos, viales u otros—; y, por último, (iii) divergencias entre las personas a causa de la fauna silvestre o de la gestión de las especies de fauna silvestre. Aunque los conflictos son más habituales con los carnívoros, pueden producirse con cualquier especie de cualquier grupo biológico, terrestre o marino, incluidos los invertebrados e incluso las plantas.
No hay dos conflictos iguales; cada uno presenta distintos niveles de complejidad, dinámica, magnitud e impacto, que deben analizarse caso por caso. Siempre existen motivaciones e interacciones entre las personas y la fauna, así como entre las propias personas a causa de la fauna o su gestión, que pueden ser objetivas o subjetivas e influyen en el tipo y la intensidad de las interacciones.
Los conservacionistas han recurrido a diversas áreas del conocimiento para proteger a las especies —no solo a aquellas que pueden ser fuente de conflicto, ni solo a las amenazadas, sino también a las especies que «simplemente» comparten territorio con las especies carismáticas(2)—, los hábitats y los paisajes, sin restar importancia a los retos a los que se enfrentan los residentes en zonas naturales o sus alrededores, ni descuidar la calidad de vida de las poblaciones humanas. El fundamento de sus propuestas, reflexiones y prácticas ha evolucionado al ritmo de los avances científicos, matizado por el ejercicio de la humildad intelectual(3) con el propósito de ampliar, profundizar e incluir conocimientos de diversa índole y procedencia. Así es como nuestra especie puede dejar de ser el resumen de todas las amenazas a la supervivencia y la prosperidad del resto de especies de este planeta para convertirse en la clave para la resolución, la reducción, la negociación y la mitigación de los conflictos entre los seres humanos y la fauna.
«Coexistencias»
A menudo nos dejamos seducir por la novedad de las palabras y nos entusiasman los debates sobre los conceptos. En un nivel más avanzado de (ap)ego (y los paréntesis aquí son solo una provocación), el deseo es ser «padre» o «madre» de un concepto «nuevo», o formar parte de un grupo que lo sea. En estos fascinantes viajes, dedicamos mucha energía lejos del mundo real, con el riesgo de desperdiciar la esencia del conocimiento indígena o tradicional, y de romper las buenas relaciones con colegas de otros grupos o disciplinas y con el público en general.
Aldo Leopoldo, considerado por muchos como el padre de la gestión de la vida silvestre, publicó el libro Game management (1933), en el que afirmaba que la gestión de las especies (de caza) era, en realidad, la gestión de personas. La ecología de poblaciones sostiene que las medidas de gestión son tres: conservación, control poblacional o seguimiento, para los casos, respectivamente, de baja densidad poblacional en relación con la superficie y la disponibilidad de recursos, alta densidad poblacional o ninguna de las dos. Quienes realizan el seguimiento, evalúan, deciden y ejecutan son personas, y la toma de decisiones tiene en cuenta variables relacionadas con la especie, con la especie en su hábitat y con otras especies, así como las interacciones con las personas, incluso si hablamos de cautividad. Las decisiones tomadas en una oficina tienen repercusiones sobre el terreno y en los espacios naturales, y modelar comportamientos con vistas a la «coexistencia» es, en realidad, modelar comportamientos humanos.
Es importante dar a conocer e inspirarse en el trabajo que están realizando grupos en diferentes lugares del mundo, que llevan a cabo conservación, rewilding (renaturalización), conservación centrada en el ser humano o cualquier otro conjunto de acciones válidas, fundamentadas, relevantes y necesarias, pero que, en definitiva, son importantes por la concientización, la movilización, la organización, la priorización y la promoción de la calidad de todas las formas de vida.
Rewilding Europe ha publicado recientemente una guía3 adaptada a la realidad europea y lo suficientemente flexible como para dar cabida a debates en otros contextos e incluir o excluir recomendaciones, prácticas y métodos. El objetivo es comprender e, si es posible, influir en las dimensiones humanas para que la conservación y la restauración se hagan realidad y la(s) vida(s) prospere(n). El contexto europeo tiene una dinámica propia, tanto en términos sociales como económicos, pero también presenta cambios recientes provocados por el envejecimiento de la población y la despoblación en zonas remotas, la llegada de «nuevos rurales» (migrantes y no migrantes), el turismo fuera de las rutas convencionales, las guerras, y todo ello al mismo tiempo. Lobos, osos, linces, buitres, jabalíes, bisontes y castores influyen en las emociones, los sentimientos, las actitudes, las normas, los valores y las creencias, todo ello sustenta los comportamientos humanos. Hablamos de personas que se encuadran en diferentes categorías: las que no han elegido vivir en zonas rurales próximas a áreas naturales frente a las que sí lo han hecho; las que elaboran las leyes sobre instrumentos de prevención o compensación de conflictos frente a las que se ven efectivamente expuestas a dichos conflictos, entre otras dicotomías.
Es interesante constatar que estos temas parecen poco glamurosos para la mayoría de la población de los países y aún menos para quienes eligen una carrera profesional. Bueno, ese es un debate aparte. Lo emocionante es ver que este tema provoca malestar, divergencias y conflictos, y que esto da lugar a movimientos que quieren desmontar las polarizaciones entre conservación y producción, o entre conservación y progreso, o entre las personas y la vida silvestre, y garantizar una gobernanza de los recursos naturales y la vida silvestre basada en una lógica en la que todos salgan ganando.
La UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza) ya tiene disponible en siete idiomas la guía de directrices sobre el conflicto y la coexistencia entre seres humanos y animales silvestres4. Recoge estudios de casos tanto del Norte como del Sur Global y cuenta con la contribución de investigadores de diferentes instituciones y áreas de conocimiento, por lo que merece una lectura detenida si nuestro trabajo tiene que ver con la gestión de paisajes, recursos, fauna silvestre o personas. Se trata de una obra de consulta e, inevitablemente, incompleta, ya que cada caso es único, y el constante cambio de la naturaleza y de las sociedades humanas en los territorios se produce a una velocidad superior a la que somos capaces de asimilar. Sin embargo, los principios básicos y las buenas prácticas nos ayudan a ser mejores profesionales y ciudadanos en un planeta que compartimos con otras especies.
«¿Y a mí qué me importa?», o bien, ¿por qué los animales deben ganarse el derecho a existir?
Es precisamente en nuestro papel de ciudadanos donde radica la gran dificultad para comprender el conjunto. La educación formal sigue careciendo de contenidos sólidos en materia medioambiental, y cuántas veces insiste en temas (contenidos y métodos) desmotivadores, distantes o simplistas, que poco «enseñan» o «educan», y que alejan más a la población urbana y rural de lo que deberían ser las relaciones entre las personas y el mundo natural. Veamos dos dimensiones a modo de ejercicio.
Ética y economía
Varios países y regiones cuentan con mecanismos de compensación por la pérdida de animales domésticos en caso de depredación por parte de animales salvajes. Surgen críticas relacionadas con la demora de los servicios competentes a la hora de inspeccionar los cadáveres para confirmar si el animal fue efectivamente presa de un depredador o si la causa de la muerte fue otra, con los bajos importes de la indemnización, con la inutilidad de la indemnización (se paga por el animal, pero no se tiene en cuenta la pérdida de los beneficios potenciales que se obtendrían de él, como leche, carne, crías, fibra…), con la demora en el pago, entre tantos otros «peros». Lo que muchos se preguntan es: ¿el valor de un depredador es, en realidad, un precio? ¿Vale el dinero que paga el Gobierno (o el gestor de un área) en caso de pérdida de un animal de manada, rebaño o doméstico? ¿Vale lo que paga el turismo por verlo y fotografiarlo? ¿Vale como trofeo de caza? ¿Debe justificar su presencia en el territorio para que los científicos recopilen datos, publiquen y desarrollen sus carreras, o por su utilidad en la prestación de servicios ecosistémicos? como la reducción del pisoteo por la depredación de herbívoros, por ejemplo.

Podemos enumerar aproximadamente 200 categorías de «valores», por lo que reducirlo todo al dinero es una visión limitada y peligrosa.
Por ejemplo: quien tiene una mascota, ¿le ha puesto alguna vez un precio? Si es así, ¿qué variables han determinado ese «valor»? ¿Y cuánto vale tu mascota para tu vecino, que es alérgico al pelo de gato o se estresa con los ladridos de tu perro? ¿Entendemos que el «valor» es artificial, que depende de quién establezca los criterios? ¿Y que eso es independiente del valor intrínseco de la cosa, el lugar, el animal o la experiencia?
¿Y cuánto vale una persona? El mero hecho de plantear la pregunta ya atenta contra nuestra ética y suscita cuestiones morales y legales, ¿verdad? ¿Todas las personas valen lo mismo?
Si hacemos una analogía entre el ámbito de los seres humanos y los animales domésticos, y el ámbito de los seres humanos y los animales salvajes (pensemos en los carnívoros, que suscitan más controversias y emociones más intensas), la legislación es clara en lo que respecta al maltrato, la crueldad y negligencia en relación con los animales domésticos. ¿Por qué no con los salvajes?
Por último, nuestras decisiones como consumidores tienen repercusiones en las especies y los ecosistemas. Más allá de las acciones y actividades que conforman las cinco mayores amenazas para la fauna silvestre en sus hábitats, o de las acciones y actividades más obvias que pueden favorecerla (como las buenas prácticas agrícolas, forestales y ganaderas, el turismo de naturaleza —incluida la observación de la fauna— y la ciencia ciudadana), es importante reflexionar y reorientar nuestras decisiones. Podemos reflexionar sobre lo que comemos, vestimos, construimos, utilizamos como medio de transporte (vehículos, energías e infraestructuras), cómo lavamos y desinfectamos nuestros espacios de vivienda, cómo, cuándo y dónde desechamos lo que ya no nos sirve, o cómo «hacemos turismo».
Conscientes de que la «coexistencia» no tiene una definición unánime, de que la economía es solo uno de los muchos pilares que explican las relaciones entre los seres humanos y la fauna, y de que las soluciones deben diseñarse y aplicarse caso por caso, hagamos buen uso de las directrices elaboradas por las instituciones que reúnen a especialistas en conservación —y hagámoslo de forma crítica y integrando todo tipo de conocimientos, no por el apego a lo esperado, sino con valentía y por respeto a las vidas y los sistemas que encontramos en nuestro camino.

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Más información en:
- 1. https://vimeo.com/376575661
- 2. https://jornal.usp.br/ciencias/ciencias-ambientais/oncas-da-caatinga-a-historia-de-um-resgate/
- 3. https://rewildingeurope.com/coexistence/
- 4. https://www.hwctf.org/guidelines
- Silva, J.M.C.; Barbosa, L.C.F.; Leal, I.R.; Tabarelli, M. The Caatinga: understand-ing the challenges. In: J.M.C. da Silva et al. (eds.), Caatinga Dry Forest. Springer In-ternational Publishing AG. Chap. 1, p. 3-19. 2017.
- Rodrigues, R.J. Malditos - histórias de homens e de lobos. Lisboa: Fundação Francisco Manuel dos Santos. 2015.

